viernes, 1 de mayo de 2015

Olores y Sonidos de Estambul



La consigna es doble:

1. Olores. Salí a caminar. Hacé una lista de todos los olores de tu barrio. Detallá lo más posible. Tratá de identificar las fuentes.

2. Sonidos. Salí a caminar con el objetivo de escuchar y documentar sonidos.


Esto de escribir según consignas no es algo que yo suela hacer pero lo leí en el Blog de Aniko  que lo hizo desde Biarritz combinada con Caro que lo hace desde Medellín también en su Blog, pedí permiso para sumarme y recibí un sí rapidísimo y aquí me tienen. 

Las consignas pertenecen al libro “Cómo ser un explorador del mundo” de Keri Smith y también forman parte de sus 100 ideas para hacer con un diario.  ambos muy recomendables

Creo que para los que me siguen es evidente lo que me enganchó de este tema. Me preocupa, que mayormente somos seres muy visuales. 

Ver es un don precioso, uno se dá cuenta lo amplio de lo que abarca nuestra mirada cuando te enamorás de un paisaje, sacás una foto y PLAF, no tiene nada que ver a lo que viviste en vivo viéndolo.

Por esa razón a veces dejamos otros sentidos un poquito atrás, un poco dormidos... 


Yo decidí hacer esta doble consigna sobre una ciudad que caminé, rodé y trepé: Estambul.

Fue un viaje raro de principio a fin con mil matices, historias y anécdotas que vendrán en otros post, ahora a este YA!

Estambul te llama a la fe, bah un poquito te grita, me pasaba que a la hora que estuviera en la calle comiendo o a punto de comer, todas las Mezquitas llamaban al rezo. 

Nunca entendí cabalmente si nosotros comíamos mucho o ellos rezaban mucho. 


Tampoco pude identificar si los distintos llamados suenan diferente o igual. El caso es que muchas veces me sentía 
aturdida porque el llamado empieza en el minarete (torre) de una mezquita y parece que le contesta otro de otra mezquita. 

Una semana entera no me sirvió para acostumbrarme a los cinco llamados del día que comienzan cerca de las 6am y terminan cercano a las 9pm. Simultáneamente comencé a extrañar las campanas de las iglesias.


Por eso la primera tarde en que volvimos a Estambul, después de una recorrida por el interior de Turquía, mientras andábamos por la superpoblada y olorosa calle peatonal Istiklal, luego de haber descubierto una estructura vistosa que no sabía qué era, fue un sonido el que me lo confirmó. 

No fue ni uno ni dos ni tres... din don, din don, dan, din don eran las campanadas que llamaba a misa en la Iglesia de San Antonio, la más importante de la ciudad. 

Atravesamos la reja que conducía a un patio tipo claustro mezclado con entrada de auto. Estábamos a la sombra, soplaba brisa sin hacer ruido, lo único iluminado era el magnificente edificio.


Pasos, pasos apurados, gente que no sabía si entrar a la iglesia o ver las fotos de la reciente visita del Papa Francisco. 

Decidimos, con no poco arrojo entrar y para eso tomamos la empinada rampa de chapón. Clan,clan clan, hacían las ruedas y los pasos firmes de Adrián haciendo fuerza al subir y esa sensación de que la rampa se iba a romper. Era una de las tantas del tipo tobogán, con una inclinación peligrosa y un ingrediente extra, el material, era de chapa. 

Me pregunto si el que la hizo se habrá subido a una silla para treparla y si habrá oído esos ruidos que traen pensamiento de inestabilidad y rotura? 


Al final estaba el mármol, duro, frío y SILENCIOSO.

Entramos a la iglesia, más silencio, casi nadie, luz tenue, al caminar por las naves laterales, olor a velas, esas que se prenden para pedir por algo. 
La recorrimos en silencio y compramos unos souvenirs casi en silencio por señas. Al salir de nuevo a Istiklal, la peatonal más concurrida de Estambul, algo había cambiado, era de noche, había el doble de gente y de ruido.

Grupos de chicos que pasaban corriendo y entonando alguna canción, grupos de música callejera, y ese olorcito tan típico de Estambul, el de las castañas tostadas. Los puestos que se multiplican cuadra a cuadra. 

Emprendimos la vuelta porque hasta ahí íbamos cuesta abajo y sabíamos que tarde o temprano habría  que subir. 

Cuando estábamos camino a Plaza Taksim de repente nos sorprendió la peculiar bocina del tranvía que recorre la calle de punta a punta, al escucharlo la gente se va corriendo y el tranvía pasa bastante rápido por ser una calle peatonal.

Al llegar a la plaza de nuevo el olor a quemado de la cáscara de las castañas que se mezclaba con el tenue aroma del SIMIT, unas roscas de pan con semillas de sésamo y los restaurantes con sus DONER KEBAP girando en 
vidrieras abiertas a la calle para tentar al público con ese particular aroma de carne que se asa girando sobre en un eje. 

Ya era bien de noche, el ruido del tránsito estaba calmo. llegamos al hotel y al llegar a la habitación, aparte de estar en un piso 20 estaba insonorizada, lo que nos aisló por unas horas de sueño de aquella bulliciosa parte de la ciudad.

Otro día, otra caminata Estambul por la mañana, Plaza Sultanahmed.



El punto neurálgico del turismo en la ciudad, el que viene por un día, dos o unas horas no puede evitar caminar por esa plaza, el hipódromo, y alrededores. 

Llegando a la Mezquita Azul  o a Santa Sofía lo que se escucha son OFERTAS AMBULANTES, personas que llevan colgadas muchas cosas que venden, hablan todos los idiomas posibles, uno se siente observado y es así, te miran para descubrir de qué país sos. A mí me tocaba: Italiani, Brasil y a Adrián le gritaban: Rusia y uno arriesgó Indiana Jones! Por el sombrero creo. 

Por suerte no la pegaban muy seguido y era como una bocina más pero humana. Varios no expresados con la cabeza servían para disuadirlos. 


Flores y más flores, la primavera había explotado sobre todo con coloridos conjuntos de tulipanes. Estábamos en los preparativos de LA FIESTA DEL TULIPÁN, algo IMPERDIBLE!

No tienen mucho aroma pero son muy suaves al tacto, es más fácil verlos que sentir su olor y es casi imposible no acercarse a disfrutarlos.



 
Otra vez Simit y castañas, ya son un clásico de la caminata por la plaza. 

Al poner un pie fuera de la plaza lo primero que llega es un bocinazo, de un auto a otro, de un bus a un auto o del tranvía que tiene que luchar por transitar su propio riel a bocina limplia!


Es una ciudad ruidosa, los turcos se parecen a nosotros los argentinos,  hablan en voz alta, todos te ofrecen algo, los turistas también hablan alto, menos los orientales que siguen a su guía que va con una paleta en alto llevándolos por cientos cual si fueran una manada de ovejas.


De repente el día se pasa recorriéndolo en bus desde un segundo piso sintiendo el viento en la cara, escuchando los bocinazos sin que te preocupen y nuevamente cae la noche. 

Volvemos a Sultanahmed a ver una de las postales más lindas de la ciudad, la fuente entre la Mezquita Azul y Santa Sofía. 

Cambia el ruido, cambia la gente... es la hora en la que aparecen todas las arañas de 3 patas. 

Son los fotógrafos que salen por la noche a hacer fotos con sus trípodes. 

De repente somos otros, somos los mismos, los de tres patas los que tardan varios minutos por toma. También cambian los vendedores, nuevos sonidos, pasa un hombre con paso ágil a la voz de chai, chai, chai. Es un vendedor de té en una fresca noche de primavera.

Sacamos una, dos, diez, cien fotos y decidimos volver. 

No hay ruidos, ni voces, son las 10pm, y los minaretes son estructuras silenciosas, ya no llaman más a rezar hasta mañana.

El último lujo del día, un café Turco bien dulce, a la vera del hipódromo mirando la Mezquita Azul en el patio de un hotel.

Solos, sin ruido, sin gente, el aroma, la brisa y nosotros disfrutando una vez más de esa ciudad que por ese ratito... es sólo nuestra.



Si querés saber más sobre Turquía y Estambul te invito a leer los siguientes post:

De la mano por Estambul

ESTAMBUL llegando en Crucero

TURKISH AIRLINES y Aeropuerto ATATURK


SPECTRA - Pequeño gran hotel en ESTAMBUL


1 comentario:

Elisa dijo...

Qué lindo lo que nos contás Nel.
Estambul es un verdadero desafío para los sentidos.
Colores, aromas, sabores.
El llamado a oración me fascinaba.
En fin, una ciudad para visitar muchas veces