sábado, 1 de julio de 2017

EL VIAJE, etapas, recuerdos y otras yerbas.

Mamá y papá, seguramente mis mentores a la hora de ser viajera. 
Últimamente me pregunto:

¿Cuántas etapas tiene un viaje? ¿Qué nos hace viajar? ¿Qué hace que volvamos a rememorar un viaje?

Casi diría que todas estas preguntas salen de charlas con mi madre y de escuchar a mis tías, de sangre y del corazón. 
Si urgo un poco más en mi memoria me recuerda a las largas mateadas de fin de semana que teníamos los tres mientras desayunábamos en la cocina de casa.

Creo también que tengo una búsqueda interna con el tema de los viajes. Quiero saber desde cuando me gustaron, si me educaron viajera, me picó la mosca Tsé Tsé o mejor dicho la del viaje-viajé.

Este tema suelo abordarlo contando alguna anécdota personal cuando doy alguna de mis charlas.

Viajo desde pequeña, porque a mis papás siempre les gustó viajar. Cuando no había dinero se viajaba mucho para ir a tomar un helado a un lugar especial. Mucho son 40 kilómetros, hace cuatro décadas, para ir a EL LUGAR, en una Buenos Aires sin autopistas, a pura calle y avenida lo que significaba mucho más tiempo.

Me han llevado de campamento a los dos años, a lo que hoy sería un hostel a los tres y saltamos el charco hacia Europa a mis seis años. 

Recorrimos cuatro países en 20 días. En todos los casos que tomamos tours yo era la única criatura pequeña en todo el bus. A mis padres los miraban con cara de: Oh Horror tendremos que soportar una niñita. Terminé siendo la mascota de todas las excursiones e hice quedar muy bien a mis padres. Anécdotas hay mil y mi memoria guarda bastante fielmente muchos recuerdos que las fotos de rollo y diapositivas refuerzan. Pero esa parte se las cuento otro día.

Para llegar a que yo cruzara el charco a mis jovencitos seis años, pasó antes que mi papá lo cruzara por trabajo por primera vez en 1978. 

Aterrizó nada menos que en Helsinki, Finlandia, para ser parte del equipo que pondría en marcha el rompehielos Almirante Irízar.
Estos banderines y otros souvenirs
llegaron a casa para quedarse. 

Era un joven ingeniero de 29 años, proveniente de una humilde familia de trabajadores.

Mi abuela, ama de casa, criaba a sus dos hijos, mi abuelo tenía 3 trabajos para que mi papá estudiara en la universidad. 

Con su hijo recibido de ingeniero y trabajando en su profesión, su última gran alegría fue saber que lo enviarían a este gran viaje.

Era por 3 largos meses. Le ofrecieron llevarse a la familia, pero mamá pensó que no sería fácil. Tampoco imaginaba cómo arreglárselas si me pasaba algo, pues me habían operado del corazón de más pequeña.

El país, la lejanía, el idioma finés (Suomi) que ni siquiera usaba las mismas letras romanas que nuestra lengua. Otro tema era estar por trabajo y no por turismo. Estamos hablando de épocas en las que los viajes no se sacaban desde una app. No había, o recién comenzaban las asistencias médicas en viaje y como destino, Finlandia, el fin del mundo, pero del otro lado en el norte.

Conclusión, dos nos quedamos y uno partió.
Barracas - Finlandia non stop (bueno seguramente ha de haber hecho varias escalas).

Todo el caudal que tenía mi padre en viajes era: pesca en Chascomús, playa en San Clemente, caza en Córdoba y luna de miel en Bariloche.

Sólo hoy luego de haber viajado tanto y desde tan temprana edad puedo tomar dimensión del shock que debe haber experimentado.

Fue el primero en la familia en tener un título universitario, el primero en cruzar el charco. Para mi abuela Lola debía ser un superhéroe. Para mi abuelo Luis, que lo cuidaba del cielo, pues se fue poquito antes de que él partiera, el más grande orgullo.

Debo hacer una pausa para contarles que en este punto tuvieron conmigo un problemita. Mi abuelo murió unos días antes de que papá se fuera de viaje, yo tenía 3 años. Me dijeron que el abuelo se había ido al cielo y que no iba a volver más. Cuando mi papá se fue de viaje, fuimos a Ezeiza como se acostumbraba, pues era un flor de evento. Cuando el avión despegó me dijeron que mi papá estaba en él. 

Aparte de los banderines y mis juguetes
llegaron muchas cosas: como una radio
con pasacassette que era de avanzada

para la época y una batidora Kenwood
color naranja cuando aquí sólo había
de color gris.
El avión se fue y desapareció en el cielo, en mi cabecita se igualaron los términos, si el abuelo fue al cielo y no vuelve, papá fue al cielo y tampoco vuelve. 

No había santo que me convenciera de que la historia era distinta y que él sí volvería.

Vuelvo a aclarar para los jóvenes que leen, que en 1978 no había celulares, los teléfonos públicos eran escasos y los de línea también. 

La diferencia horaria con Finlandia son 5 horas. Horas entre vuelo y conexiones, muchas más que ahora, asique al menos pasarían dos días hasta escuchar la voz de mi papá, que aparte se había ido a trabajar. 

Me acostaba a dormir esperando escuchar la voz de mi papá que llamaba en horas de la madrugada, todo lo que más podía. Esta parte de la historia me la contaron, yo no la recuerdo.

Ese viaje marcó definitivamente su vida y la nuestra. La historia sigue, de allí fue a París, porque era su sueño conocerla, más bien creo que el de mi madre.
Él le preguntó a ella incansables veces qué podía ver en París, mamá se cansó y lo mandó a contar los remaches de la Torre Eiffel.

No les conté, pero muchos saben que mi papá aparte de ingeniero era fotógrafo amateur, entonces llegó a París y simplemente se enamoró de ella. La caminó incansables días y le salieron ampollas porque había comenzado el verano.

No había Instagram, whatsapp ni facebook y estaba solo. Como a mí le gustaba hablar hasta con las piedras, asique volvía al hotel y escribía interminables cartas, una por día, que le mandaba a mi madre. Sí leyeron bien cartas, de papel, mandadas por correo con estampillas pegadas. Tampoco existía el correo electrónico y esto pasó hace menos de cuatro décadas.

Asique bien, como todo lo que se siembra con amor florece con fuerza, papá vino con ganas de que sus dos amores conocieran el mundo. 
Había ahorrado plata pues le daban para vivir, pero que por sus orígenes ahorraba, caminaba y comía en Mc Donalds. Sí, eso sí había en París en aquel entonces. 
A su vuelta mientras le contaba a borbotones todo lo vivido, trataba de explicarle a mi mamá de qué se trataba, era un lugar de comidas en el que entrabas, mirabas una foto, señalabas, pagabas y te daban lo que había en ella.

Mi papá hablaba castellano, de barracas, inglés poco, que los franceses siempre odiaron. También creo que hablaba Esperanto porque fuera como fuese se comunicaría con cualquiera para conseguir lo que quisiera. Juguete ha de haber sabido decir, porque me trajo muchos de todos los lugares en donde estuvo. Eran raros y cuando pude despegarme de sus brazos y darle cientos de besos, esos juguetes, ese olorcito que tenían, eran mi tesoro.
Por suerte pude llevar de la mano a alguien que pensaba que los que viajaban eran gente rara. Se transformó en un viajero apasionado que ahora, calendario en mano, planifica hasta tres viajes de frente al futuro.

Asique volviendo al principio de las tres preguntas,
¿Cuántas etapas tiene un viaje?
¿Qué nos hace viajar?
¿Qué hace que volvamos a rememorar un viaje?

Para mí, el viaje tiene cuatro etapas, cuando se lo sueña, cuando se lo planifica, cuando se lo hace y cuando se lo recuerda.

Nos hace viajar: nuestra historia, nuestra búsqueda, nuestra educación, de dónde venimos o quién nos lleva de la mano a descubrir algo que aún no nos había llamado la atención.


Con la tía en la charla sobre la
importancia del punto de fuga y
su significado. MOMENTOS DE
VIAJE.
Mi tía Marta en Troya, en Turquía, mientras comprábamos unos caballitos muy pequeñitos, réplicas del grande, me enseñó sobre los puntos de fuga que ella tiene en su consultorio. Un concepto muy interesante en psicología clínica, que no viene al caso que les cuente en detalle pero que es más o menos así: vos mirás algo algo y eso te puede transportar hacia un lugar en el que estuviste.

Como yo no lo uso para trabajar, me atrevo a agregar algo más, se rememora, al oler algo, o al comer algo que ocurrió en un viaje. Por eso es tan bueno ANDAR por los lugares, mezclarse con su gente, comer sus comidas y escuchar sus sonidos. Viajar despacio te garantiza la mayoría de las veces un recuerdo duradero.

Igualmente la percepción al igual que los recuerdos son subjetivos. Rememorar el viaje para mí sirve como trampolín para el próximo.

Afuera hay un mundo para conocer, yo tengo mi mapa y lo voy completando con viajes en tren, avión, bus, tranvía, tirolesa, ski, vaporetto o crucero.

En ellos toco piedras milenarias, degusto nuevos postres, oigo distintos ritmos o llamados a la fe, me pregunto o descubro a qué huele un lugar.

Trato de percibir a través de los cinco sentidos lo más que puedo. Somos seres muy visuales, a veces es muy enriquecedor cerrar los ojos para escuchar, oler, tocar y degustar.

Gracias a todas esas experiencias es posible que en un odioso día en que la vida nos encuentre superados, un remolino llegue a nuestra cabeza con todos esos recuerdos. 

Seguramente entonces podremos fugarnos a ese espacio y tiempo donde disfrutamos la experiencia de lo nuevo, de lo distinto, de la aventura, de conocer otras realidades y entonces luego volver a la nuestra renovados para seguir adelante.

Más allá de que acuerden o no con mi parecer en este tema, creo que todos sabemos que lo único que se va con nosotros es lo vivido, y lo VIAJADO claro!!!

Hasta la próxima!

En este BLOG se habla mucho sobre accesibilidad pero también sobre estas cosas, lo que pasa por dentro. ¿Por qué viajamos? ¿Por qué volvemos a viajar?, ¿Por qué no podemos dejar de viajar?

Debajo de este les dejo otros post con temas similares.

Buenas rutas!!!

HERIDAS VIAJERAS Las mochilas que nos llevamos de viaje.

LA SILLA MÁGICA DE ANITA  la visión de un niño sobre una silla de ruedas. Para Anita la llave hacia la fiesta. 

VOLVER A EMPEZAR Una impensada historia de vida en DISNEY

OLORES Y SONIDOS de ESTAMBUL Una ciudad a través de otros sentidos.

NEW YORK Volver a una ciudad y caminar sobre recuerdos.

PARÍS antes de PARÍS Planear y soñar con volver.

PARÍS la experiencia y el síndrome De la expectativa a la experiencias 

4 comentarios:

Josefina Fernández dijo...

Que relato tan lleno de amor! Lo he disfrutado como si se tratara de una hermosa y tierna novela, escrita con toda emocion por su protagonista. Hoy con sus recuerdos, esa protagonista a quien conozco, asi como a su mama Adriana, revive su historia y la de sus padres y familiares tan queridos y nos abre las puertas a sus recuerdos.

Gracias por hacernos participes de una buena parte de tu biografia, escrita con gracia y ternura, Nel. Un abrazo grande. Josefina

Adriana dijo...

Sentir que soy parte de un ayer que se recuerda con tanto amor es para mí el mejor premio. Mi propia historia en sus palabras es un regalo que la vida me da. Gracias, hija, por el ayer visto desde tus ojos.

Nélida Barbeito dijo...

Josefina, tu comentario me sorprendió al tiempo que me emocionó mucho. Tus palabras sentidas llegaron a mi corazón, muchas gracias!

Nélida Barbeito dijo...

Madre, qué puedo decir, emoción y un gracias eternas por estara mi lado y ser mi eterna correctora y ofrecerme siempre tu parecer más sincero sobre cada escrito. Nell.-